La alarma sonó a las seis de la mañana un domingo. Un domingo. El único día de la semana en que ningún ser humano razonable debería ver la luz antes de las diez. Y ahí estaba yo, enrollando mi tapete en la oscuridad, maldiciendo a la amiga que me convenció con un "va a estar padrísimo, te lo juro". Llevo años practicando yoga en estudio — mi tapete tiene más kilómetros que mi coche — pero esto era otra cosa: una clase al aire libre en la Macroplaza, en pleno centro de Monterrey, a una hora en que ni los pájaros calientan la voz. Lo que sigue es la crónica completa. Y les adelanto la conclusión, para que no pierdan su tiempo: nunca — óiganme bien — NUNCA vuelvo a hacer esto.
Todo Empezó Mal
Empecemos por lo obvio: a las seis y media de la mañana no hay café abierto en tu colonia. Llegué al centro con el estómago vacío, el pelo a medio acomodar y ese humor de persona que perdió una apuesta. El pasto estaba mojado por el rocío. Extendí mi tapete — mi fiel tapete de todos los martes y jueves — sobre un pasto frío y disparejo que no se parecía en nada al piso perfecto de mi estudio.
Alrededor de mí, gente estirándose como si fuera lo más normal del mundo. Señoras de sesenta años tocándose los pies sin doblar las rodillas. Un señor que claramente llevaba años en esto de las clases al amanecer. Y yo, que en el estudio presumo de mi práctica, tiesa como el Faro del Comercio, preguntándome si todavía estaba a tiempo de fingir una llamada urgente y huir por donde vine.
Los primeros diez minutos confirmaron todos mis miedos. La instructora decía "respiren profundo" y yo solo podía pensar en el ruido de los camiones en Constitución. Decía "suelten la tensión del cuello" y mi cuello respondía con un crujido que se escuchó hasta la Fuente de Neptuno. Y mi guerrero tres — que los jueves en el estudio es francamente respetable — se tambaleó tanto sobre el pasto desnivelado que la señora de al lado me sonrió con lástima. Con lástima.
Y Entonces Salió el Sol
No sé exactamente en qué minuto cambió todo. Estábamos en una postura con los brazos arriba — la instructora la llamó "media luna" — cuando el sol terminó de subir por encima de los edificios. La luz dorada bañó la plaza completa. Los tapetes de colores, los árboles, la cantera de los edificios históricos. El ruido del tráfico seguía ahí, pero de pronto sonaba lejos, como si la ciudad hubiera bajado el volumen por cortesía.
Respiré profundo. Esta vez de verdad.
Y aquí es donde tengo que ser honesta con ustedes, porque este artículo tiene truco y ya es hora de confesarlo: fue una de las mejores experiencias que he tenido en esta ciudad.
Hacer yoga al aire libre en el corazón de Monterrey — con la Sierra Madre asomándose entre los edificios, con la plaza casi vacía, con esa luz que solo existe antes de las nueve de la mañana — no se parece a nada que haya hecho entre cuatro paredes. Años de práctica en estudio y ninguna clase me había dado esto: el cuerpo se estira distinto cuando el techo es el cielo. La clase duró una hora que se sintió como quince minutos. Al final, en savasana sobre mi tapete mirando las nubes, entendí por qué toda esa gente había puesto su alarma en domingo.
Salimos de ahí con hambre de campeonas y caminamos unas cuadras hasta Elena Coffee Shop, en Barrio Antiguo, por un café y algo pequeño para picar. Delicioso — y créanme que un café sabe diferente después de sesenta minutos de posturas al amanecer. Si quieren algo más contundente, los desayunos de Barrio Antiguo están en la misma caminata. Regresé a casa con el mejor humor que he tenido en meses y con una certeza absoluta.
Cuando dije que nunca vuelvo a hacer esto, lo dije completamente en serio. Nunca vuelvo a hacer esto: saltarme una clase de yoga de domingo por la mañana en el parque, en la Macroplaza. Nunca vuelvo a quedarme dormida mientras la ciudad entera despierta, estira los brazos y saluda al sol sin mí. Nunca.
Si Quieres Intentarlo
Las sesiones de yoga y activación física al aire libre aparecen con regularidad en los parques y plazas del centro, casi siempre en la mañana y muchas veces gratuitas o de cooperación voluntaria. Cada grupo organiza distinto, así que el mejor plan es revisar la convocatoria antes de ir. La página de eventos hoy en la Macroplaza reúne los canales oficiales para consultar qué hay programado en la plaza.
Tres consejos de yogi a yogi. Uno: tu tapete de estudio sirve, pero el pasto con rocío no es tu piso de madera — una toalla delgada encima lo resuelve, y las posturas de equilibrio sobre terreno vivo son una lección de humildad que ningún estudio te va a dar. Dos: llega quince minutos antes; los mejores lugares, con sombra para cuando suba el sol, se van rápido. Tres: en verano el calor de Monterrey no es negociable después de las nueve, así que las clases tempranas no son una excentricidad, son supervivencia. Y el ritual completo incluye el después: café y algo de picar en Elena Coffee Shop, sobre la calle Diego de Montemayor en Barrio Antiguo, a unas cuadras de la plaza.
Y si después de la clase te quedas con energía, la plaza entera está ahí para ti a la hora en que mejor luce. El recorrido de cosas que hacer en la Macroplaza es otra manera de aprovechar la mañana — el circuito de monumentos a las ocho de la mañana, sin calor y sin multitudes, es un secreto que pocos conocen.
Próxima clase
No te pierdas el próximo domingo
Déjanos tu contacto y te escribimos en cuanto haya fecha para la próxima clase de yoga en la Macroplaza. Nada de spam — solo el aviso.
Listo. Nos vemos en la plaza.
Te escribimos en cuanto haya fecha. Mientras tanto: domingo, tapete, 7:00 a.m.